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Breve genealogía del activismo de Menorca

Publicación en la revista num 6 Posidonia:

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan.  La historia aparece así como propiedad privada, cuyos dueños su los dueños de todas las otras cosas”
Rodolfo Walsh

Este reportaje no pretende ser una enciclopedia, sino un simple esbozo. No tiene ínfulas académicas, sino que se basa en una investigación plebeya e incompleta. No es un relato integral, sino un punto de partida para zambullirnos en los momentos más importantes de las luchas sociales que han atravesado Menorca desde los primeros años de la democracia hasta nuestros días, ahora que hace 50 años de la muerte de Francisco Franco. Retomando la idea de la citación que encabeza este texto, es un intento de recuperar experiencias colectivas, no como un ejercicio de nostalgia, sino como un repaso de las conclusiones, los procesos, las derrotas y los triunfos pasados, para poder pensar cómo construimos un futuro posible y deseable.

Es probable que la primera expresión política no partidista, pero sí organizada, surgida en el seno de las luchas sociales en Menorca sean las asociaciones de vesins. Era en 1975 cuando aparecieron, en la isla, voces de reivindicación urbana y social que, con el paso de los años, se institucionalizaron como interlocutoras de peso en la hora de dialogar con ayuntamientos y el Consejo Insular. “La mayoría de asociaciones de vesins de Menorca nacen durante la transición del franquismo hacia la democracia. Eran verdaderas ‘escuelas de participación colectiva’. De hecho, en pueblos como es Castell o Sant Lluís, pero también en Ciutadella y en Maó, fueron el lugar de donde bebieron los incipientes partidos políticos y sindicatos, que no tenían donde ir a buscar gente interesada y comprometida para formar parte de las listas electorales”, explica el presidente de la Federación de Asociaciones Vecinales de Menorca, Gonçal Seguí, en diálogo con este medio.

“Quiero aprovechar este espacio para hacer un pequeño reconocimiento a la multitud de personas que, a cada barriada y cada pueblo, se pusieron al frente para conseguir unas reivindicaciones que en aquellos tiempos eran impensables si la gente no se hubiera organizado como lo hizo: Pili y Jaume Obrador a Llucmaçanes, los hermanos Villalonga y la familia Pérez Chuecos en Maó, en Joselín Gornés a Sant Lluís, Pepe Tadeo y los hermanos Cladera as Castell, Montse Capell y Josefina Egea en Ciutadella, y tantos otros”.

Merece la pena mencionar que las asociaciones de vesins fueron un factor clave para la conquista y consolidación —hace muy poco tiempo— de un derecho adquirido del cual disfrutamos todos los residentes: el descuento para viajar fuera de la isla. “Fuimos impulsores de la primera Mesa por el Transporte Aéreo (durante los años 2002-2006), en la época en que personas como Montse Capell y Josefina Egea, en Ciutadella, y gente como Manolo Lora y otros muchos en Maó y al resto de pueblos de Menorca tuvieron un papel clave de servicio, perseverancia y lucha por los derechos de los menorquines ante las instituciones autonómicas, y también ante el gobierno de Madrid. De hecho, esta lucha continuó y la segunda oleada de reivindicación colectiva también la encabezó la Plataforma por un Transporte Aéreo Digno, con el médico Anton Soler como presidente de la federación, pero con la implicación de unos veinte miembros de diferentes asociaciones vecinales de toda la isla”, explica Gonçal Seguí.

Democracia nueva, isla verde

El crecimiento de la conciencia colectiva y vecinal durante los años de la Transición se extiende por todo el Estado y coge impulso en el contexto de apertura democrática y de recuperación de libertades civiles. A cada rincón del Estado surgen expresiones sociales, políticas y artísticas que reclaman su espacio en el imaginario del país que se tiene que construir. Aquí es dónde, anexo e indisociable a la reivindicación democrática, en Menorca aparece —si bien había resistido en círculos más o menos clandestinos durante la dictadura— la defensa de la lengua y la identidad catalanas.

“Libertad, amnistía, Estatuto de autonomía”, reclaman, levantando señeras, los jóvenes menorquines, que también formen parte de todas las otras reivindicaciones, y desde todos los sectores —incluidos la Iglesia católica y el movimiento de los “curas rojos”, que tuvo un papel muy importante y muy señalado por los reaccionarios locales. Así es cómo, en paralelo a las asociaciones de vesins, se consolida en Menorca el movimiento ecologista con perspectiva de lucha medioambiental.

En un reportaje publicado en la edición web de esta revista, el historiador Miquel López Gual mencionaba que “la intención de crear una urbanización de lujo as Grado motivó el nacimiento del GOB (Grupo de Ornitología Balear), la primera organización —junto con la Sociedad Ornitológica de Menorca (SOMOS)— creada para la defensa del territorio”. Efectivamente, el proyecto Shangri-La se quería convertir en un “centro de interés turístico nacional”, con kilómetros de caminos asfaltados que tenían que unir parcelas, apartamentos y hoteles, y con un insólito campo de golf e incluso un canal de navegación a la laguna de la albufera.

Según explica el historiador Pau Salort en diálogo con este medio, la ambición urbanizadora no se limitaba solo a la albufera des Grado, sino que se extendía a Macarella y cala en Turqueta. “Estos últimos fueran los intentos que más resistencia encontraron. A raíz de esto se creó la Coordinadora en Defensa del Territorio, primero en Ciutadella y después en Maó. En estos espacios confluyeron todas estas tendencias que giraban en torno a diferentes reivindicaciones sociales, políticas, identitarias y territoriales. Con la creación del GOB, se procesó una larga lucha que llevará hasta medios de los 80, cuando los intentos urbanizadores quedaron oficialmente cancelados”, señala.

La lucha para frenar el proyecto Shangri-La se convirtió en una causa común que rápidamente se extendió en todo Menorca. La victoria de aquel proceso se basó en el hecho de ser multilateral: no era solo la bandera de los hippies ambientalistas, de los vesins preocupados, de los ornitólogos y científicos, de los católicos de base, y tampoco del amplio abanico de las izquierdas que hacían los primeros pasos en democracia. La clave del éxito fue la noción compartida de causa común. La idea que, cuanto más amplio y diverso fuera el frente, mejor.

Que la guerra no me sea indiferente

Si los 70 fueron los años de floriment democrático y lucha por la autonomía, los 80 fueron la década de la lucha social contra el ingreso de España en la OTAN, las tendencias belicistas y la proliferación de armamento nuclear. “La organización Menorca por la Pau se fundó hacia el 1984, cuando ya se había aprobado el referéndum. Lo recuerdo porque yo era menor de edad y no pude votar. Entonces activamos la campaña para clausurar la base militar de se Yunque, que seguía activa y en aquel momento coordinaba las comunicaciones troposféricas de la flota norteamericana en el Mediterráneo”, explica Cristina Gómez, activista y exdiputada de Podemos.

La base de se Yunque se fue deteriorando y los marinas fueron relevados. Con la caída de la URSS, la base quedó obsoleta y se convirtió en la ruina que conocemos hoy. Aun así, la organización Menorca por la Pau continúa activa. “Cuarenta años después de aquellas primeras manifestaciones antibelicistas, hemos retomado la organización —con casi las mismas personas, incluso— para denunciar el genocidio en Gaza. Es increíble y triste, pero cierto”, reflexiona Gómez.

Okupa y resiste

La década de los 90 en Menorca llega impregnada del neoliberalismo creciente. La España de Aznar inicia un ciclo que durará dos legislaturas y que evolucionará del conservadurismo católico postfranquista al atlantismo subordinado al eje francoalemán y —por transitividad— norteamericano. Menorca entra de pleno en los planes —de vacaciones, entre otras— de la entonces presidente. En aquellos años veremos desfilar varios barcos de la Armada por el puerto de Maó, rumbo en Irak, donde colaborarán con la invasión que costará un millón de vidas para buscar unas armas que no han existido nunca. El lema “No en la guerra” retronará en todo Europa.

Pero el fascismo solo vivo de matar. El proyecto económico del PP de Aznar acelera un proceso ya inaugurado tímidamente por el PSOE de González: la mercantilización de derechos básicos —como la vivienda, la educación o la salud—, la reducción del papel del Estado y la confianza en el mercado como regulador natural de la economía. Nace así la famosa burbuja inmobiliaria, que en Menorca empieza a tener los primeros efectos. “El enero del 2002 decidimos okupar la base militar de Llucalari, después de que a algunos de nosotros nos echaran del patio de su Lluna, en Alaior, que también estaba semiokupat. Es una locura pensar que en aquella época organizábamos todo aquel despliegue porque era inconcebible pagar alquileres de 350 euros en el mes”, explica a este medio uno de los protagonistas de aquel movimiento. Estas reivindicaciones ya no se adscribían en el ámbito de las libertades democráticas o de la geopolítica global, sino que hablaban de los derechos más elementales: tierra, techo, trabajo, dignidad. Okupa y resiste.

El desalojo de Llucalari se llevó a cabo con efectivos de la Policía Local y de la Guardia Civil durante una madrugada de enero del 2005, y puso fi a la última expresión social y reivindicativa de la okupación en Menorca. Allá donde vivió la última utopía hippy y antiglobalización de la isla, se erige ahora un hotel de capital —y propietario— francés que ofrece habitaciones a partir de 800 euros la noche y que está bajo investigación por el hecho de robar agua de un pozo no declarado en plena sequía desde el verano pasado.

Una isla diversa

En cuanto a la lucha LGTBI+/Q, los principales referentes desde la Transición fueron el Frente de Liberación Gay de Cataluña (FAGC) y su posterior ramificación isleña en el FAGI (Frente de Liberación Gay de las Islas), este último centrado en Mallorca. En Menorca, pero, tenemos que hablar más bien de algunos espacios de ocio que tuvieron una función más lúdica que estrictamente reivindicativa, a pesar de que su existencia también fue indispensable para que las personas disidentes de la isla dispusieran de lugares para socializar y expresarse libremente.

La primera experiencia de asociacionismo LGTBI+/Q propiamente dicha que se podría documentar en Menorca fue el 1999, con Ben Amics, que fue importante a pesar de su corto recorrido. El enfoque de este espacio era asistencial y para la conquista de derechos sociales, un punto de vista que ya no abogaba por la transformación antisistema —que estaba en el centro del discurso del FAGC en 70—, sino que expresaba una mirada más pragmática, condicionada por los efectos de la pandemia del sida.

Finalmente, el momento determinante para el asociacionismo LGTBI+/Q en Menorca ha llegado los últimos años, concretamente a partir del 2017, cuando han empezado a surgir en la isla diferentes colectivos (Sus Foneres, Diverxia, Transverxia, Filosa, etc.) que han duit la voz cantando los últimos tiempos, tanto desde una perspectiva más institucional como desde una base más radical y asamblearia. Este nuevo impulso ha cristalizado en momentos históricos como el primer Orgullo isleño, que tuvo lugar el 2019, o proyectos como el #toQueerLAB, que se celebra anualmente desde el 2023 y que está a punto de comenzar la cuarta edición.

Volver a la tierra, amar Menorca

En paralelo al surgimiento de organizaciones feministas y LGTBI/Q en Menorca, soplan vientos de crisis al mundo. Primer movimiento: los indignados ocupan las plazas del mundo, un grito de rabia global sacude Occidente, se componen canciones y florece la poesía. Sí que se puede. Segundo movimiento: en las Baleares gana Bauzá, en Menorca gana Tadeo y en Maó gana Reynés. Un triplete de victorias del PP que dará a los conservadores el control del Gobierno balear, el Consejo y el ayuntamiento. Las consecuencias ambientales y territoriales de aquellas elecciones se pueden constatar todavía hoy. De aquellos años, estos parques acuáticos y piscinas ilegales. En aquel momento se empieza a perfilar un proyecto que hoy es símbolo del modelo que el PP tiene para la isla: la rotonda de Rafal Rubí, a solo 30 metros de un yacimiento talaiòtic de 2.500 años de antigüedad.

La movilización social se empieza a agitar, esta vez no desde el movimiento hippy, ni ambiental, ni antiglobalización, ni vecinal, ni catalanista, sino un poco de todo a la vez y con algunas cosas más: nace Menorquines por el Territorio. “Éramos una asociación de menorquines que, a pesar de que mayoritariamente vivíamos y estudiábamos en Barcelona, mirábamos con mucha preocupación el que pasaba en Menorca con el territorio. Decidimos oponernos activamente a aquellos proyectos de rotondas por toda la isla que propuso el gobierno de Santiago Tadeo”, expresa una integrante de aquel colectivo, que consiguió parar el proceso de construcción, entre otros, de la rotonda de Rafal Rubí.

“Menorquines por el Territorio nació de la indignación y de la sensación de impotencia que compartíamos muchas personas jóvenes que, por varios motivos, nos sentíamos desplazadas o sin voz en las decisiones que afectaban nuestra isla. Éramos un grupo muy heterogéneo: la mayoría éramos estudiantes, con representación de prácticamente todos los pueblos de Menorca, y para muchos de nosotros fue la primera experiencia de militancia o activismo colectivo”, explica un ex integrante.

Así mismo, Menorquines por el Territorio impulsó decenas de actividades, movilizaciones, desfiles, performances, mesas redondas y recogidas de firmas  17 para oponerse a las prospecciones petroleras que las empresas Capricornio Spain Limited y la firma holandesa Vitol E & P BV querían impulsar en el mar balear. Finalmente, después de muchas marchas y contramarchas, el Ministerio de Transición Ecológica archivó definitivamente los proyectos de prospecciones el enero de  1. Luchar sirve de qualque cosa.

“A pesar de que suene un poco romántico, creo sinceramente que aquella experiencia sirvió como un verdadero caldo de cultivo para otros proyectos que vinieron después. Ayudó a crear un tipo de escena o tejido compartido entre una generación que empezó a pensar y actuar colectivamente desde el amor por Menorca y la necesidad de defender su territorio”, sostiene uno de los activistas entrevistados para este reportaje.